Los días pasaron después de esa noche y el dolor de todo lo que me pasaba seguía estando, pero de a ratos encontraba el consuelo en el pateticismo de autoinducirme a vomitar para descargar lo que sentía. Son momentos que con el paso del tiempo fui suprimiendo de mi memoria. Cada vez que lo hacía sentía un peso menos, pero a medida que las semanas pasaban se fue volviendo un hábito y los síntomas de empezar a fijarme en mi peso y controlar las comidas empezaron a ser mi realidad. Dejé de comer alguna que otra cosa que antes comía durante los recreos en el colegio y delante de mis amigas y el resto de mis compañeros de clase. Las cenas en casa cada vez eran menos con la excusa de que “ya había comido algo por ahí” y en las ocasiones que comía lo hacía desesperadamente y al terminar me sentía tan culpable que necesitaba sacarlo de mi sistema. Me tomó un tiempo darme cuenta que estaba enferma y a pesar de que en todo momento fui conciente de eso no fue fácil salir ni reconocer que necesitaba ayuda. Mi ruptura con Matías fue en septiembre, y las cosas no terminaron con él hasta muchísimo después, pero no nos adelantemos, el punto era que él me seguía haciendo mal, me vendió la historia de que el problema era yo y baja de autoestima y amor por mi misma como estaba, se lo compré. Me compré una versión mía que existió y la odié en su momento y no va a haber día de mi vida que no la odie.
Vomitar se volvía la salida fácil cada vez que algo me molestaba o lograba lastimarme o enojarme mucho. Me castigué mucho por cosas en las que no tenía mucho que ver, me sacrifiqué y me auto flagelé muchísimo. Cada vez más lejos de Matías y de lo que yo solía ser, me perdí muchísimo en algo que me superó totalmente. Mi enfermedad es algo que me cuesta dejar atrás por muchas razones. Sigo muy ligada a muchos aspectos míos de esa etapa, de esa Anabell, que todavía están en algún rincón.
Los siguientes meses fueron muy difíciles de sobrellevarme. Mis papás nunca se enteraron de esto, y espero no ofender a nadie con lo que escribo, es la verdad. No digo que sea la verdad absoluta, pero es mi verdad.
El no comer derivó en algunos desmayos de los que nadie se enteró, y el vomitar dejo de ser una forma de escaparme de toda la mierda, y pasé a adoptarlo como un hábito, como algo de mi día que la mayoría de los días no faltaba.
Mi peso nunca fue crítico, supongo que por eso nunca nadie además de las pocas personas a las que yo les conté lo notó. Tenía otros signos que solamente personas que estuvieran en lo mismo o algún profesional podría notar; como los nudillos mordidos, la fatiga, los cambios de humor, etc. En algún momento leí mucho sobre el tema y encontré muchas páginas de Internet de chicas mucho más enfermas que yo, que parecían no entender que estaban en peligro y se alentaban a no comer o castigarse por haberlo hecho. Ese tipo de chicas hoy existen y se hacen llamar Las princesas de Ana y Mia (por anorexia y bulimia).
Era muy chica y frágil, y actuaba por instinto. Los meses que perdí vomitando nunca los voy a recuperar. Mi forma de pensar en ese momento y de ver las cosas estaba tan ida de lo que realmente era que a veces me asusta haber sido así, porque esa parte mía, estuvo ahí, y a pesar de estar ahora muy dormida y olvidada, sé que todavía está.
Ese verano Matías siguió torturándome con sus idas y vueltas, y creo que en algún momento las cosas dejaron de importarme tanto. Porque lo notó y ahora el que quería arreglar las cosas era él. Yo estaba muy ocupada vomitando y enfermándome cada vez más, sin darme cuenta la bulimia me iba ganando por default.
Creo que todo lo que pasé ese tiempo es parte de lo que soy ahora, pero no me define ni se acerca a lo actual. Es difícil pensar en todo esto y escribirlo como si nada. Por más que hoy en día este superado, hay cosas que siempre me van a doler.
Me parece que es muy poco para decir, de algo tan grande y peligroso como una enfermedad de este tipo. Pero a pesar de que quiero dar más detalles de cómo fue mi vida con Mia por alguna razón siento que está todo más que dicho.
Mi salida de la enfermedad no fue linda ni fácil, no fue mágica ni repentina… me costó y me cuesta mucho, porque es una enfermedad en la que se puede recaer toda la vida. Por suerte siempre hay alguien mirando para que no te caigas… y a pesar de que todo parecía perdido, cuando menos lo esperaba, la ayuda apareció disfrazada de alguien a quien amar.
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